jueves, 17 de diciembre de 2009

DISECCIÓN SOCIOLÓGICA


Tengo un amigo de la infancia que tiene una mentalidad observadora y eminentemente científica. Esa observación, que es la base de los logros científicos, la lleva a todos los extremos que podamos imaginarnos. Mi amigo es Catedrático de Fisiología en la Universidad de Oviedo y se dedica a estudiar y enseñar cómo hacer comprensibles los procesos y funciones de lo seres vivos y todos sus elementos en todos sus niveles. Lo de mi amigo no tiene nada que ver con la sociología, nada con la estadística. ¿O sí?... Pues va a ser que sí, porque hace unos días nos juntábamos a cenar, como todos los años, una docena de amigos de la infancia, todos de edad similar, de la misma procedencia gatuna y acompañados de nuestras respectivas mandakaris de las que tan solo una es de Lada. Hablando de nuestra vieja relación, de la fidelidad a esas reuniones y de ese sentimiento mosquetero de “uno para todos y todos para uno”, el fisiólogo nos decía que lo más extraordinario de todo ello era el hecho de que todos, no solo los doce que allí estábamos sino los quince que somos, seguíamos unidos a nuestras esposas, las mismas que fueron en un principio. Ninguna separación, ningún divorcio de por medio. Todos unidos, vivos, sanos y felices. Aquella reunión era una prueba más que se repetía año tras año. Nadie de los presentes se había parado a pensar en ello, solo el Doctor en Biología Funcional. Así es que nos pusimos a especular acerca de los motivos de esa “rara avis”.

Que un matrimonio permanezca unido a lo largo de los años y fortalecido por el paso del tiempo es, de unos años para acá, algo cada vez menos frecuente. Que permanezcan de igual forma quince matrimonios cogidos al azar desborda las estadísticas, pero si esos matrimonios lo son de personas que fueron íntimos amigos en su soltería con mujeres que nada tenían que ver entre ellas la cuestión ya es para estudiarla a fondo. Para diseccionarla, que es lo que a mi querido “T” siempre le gustó, no en vano hubo un tiempo que le apodábamos “El matarratas”. Pues bien, su teoría, allí mismo improvisada, mantenía que habíamos sido una generación dócil, trabajadora y responsable. Nada que ver con la de ahora que tarda en llegar a la madurez. Nos habíamos dado en cuerpo y alma a nuestros padres y abuelos y, ahora, estábamos haciendo lo propio con nuestros hijos (aún ninguno de nosotros tiene nietos). Una mandakari resumió tal teoría afirmando que éramos una “generación sándwich”, más bien el jamón y el queso. Se concluyó -y todos estuvimos de acuerdo- en que el secreto estaba en la generosidad, la disciplina y el respeto que nuestros mayores nos habían inculcado desde nuestra más tierna infancia. Esos valores los habríamos transmitido a nuestros retoños.

Vista la interesante y curiosa conversación que se alargó durante un tiempo, me propuse hacer esta columna y, como medida previa, consulté los fríos datos estadísticos. Por ejemplo en 2002 el INE nos dice que en Asturias hubo 5.327 matrimonios y, a su vez, el Consejo General del Poder Judicial acredita 1.996 separaciones y 1.222 divorcios. Los datos de otros años son parecidos. Esto supone que un 60 % de los matrimonios que se celebran terminan en ruptura y, en consecuencia, nueve de nosotros tendríamos que estar separados o divorciados según la empírica ciencia, que en nuestro caso no tiene nada de empirismo. Y, según apreciaciones de “Duke”, no lo tiene por culpa de “Éllas”, de las mandakaris que nos ha deparado el destino a cada uno de nosotros. En mi caso, mi Santa no me deja. ¿Separate tú?, ni lo sueñes, ni que fueras un “richarbarton” cualquiera. Tú formal y al mi lao, me dice. Y estoy seguro que a mis queridos amigos, incluido el doctor “T”, sus respectivas Santas tampoco se lo permiten, y les dicen otro tanto de lo mismo. Lo dicho, disciplinados que somos todos. Y que dure.

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