martes, 22 de agosto de 2017

BARBARIE



Hablar por hablar.



El horror corre por toda Europa como reguero de pólvora desde las Ramblas de Barcelona. Allí han sido vilmente masacrados ciudadanos de todo el continente, incluidos españoles -también algún catalán, puestos a hacer diferencias- e incluso un estadounidense y un australiano (no especifican si éstos últimos son de Oklahoma o de Queensland). Lo importante a resaltar es que La Ciudad Condal sólo ha sido el escenario de esta absurda ceremonia de terror mientras que los infortunados protagonistas han sido inocentes personas de decenas de nacionalidades (incluida la catalana, como no podía ser de otra forma) que dedicaban la tarde del aciago jueves de agosto a pasear y distraerse por la calle más emblemática de la ciudad. España y el mundo entero enmudecieron e inmediatamente los medios echaron chispas dedicando toda su programación al trágico suceso, y las redes destilaron odios y rencores, aunque también algunas palabras sensatas.
Y muchos sacaron la lengua a “pacer” (como decimos aquí), diciendo barbaridades y argumentando con razonamientos interesados y espurios para llegar a conclusiones que no dejan de ser auténticas desmesuras. Culpando a no se qué poderes ocultos, a no se quiénes personajes maquiavélicos, e interpretando la ya larga historia de este bárbaro terrorismo a su antojo o al del grupo a que pertenecen o con el que simpatizan. Nada que ver con lo acaecido, mucho que ver con radicalismos y con programas inventados al efecto. La culpa no la tienen la generalidad de los musulmanes, ni el gobierno español, ni el francés, ni el catalán, la culpa no la tiene Ada Coláu por no querer colocar unos bolardos. Una pequeña parte de la culpa es de algunos que, bajo el pretexto de su solidaridad con las víctimas, con Barcelona y el pueblo español, quieren llegar a extremos insostenibles y, en cierta forma, desestabilizadores. Pero la gran culpa de la barbarie es de los bárbaros, de los descerebrados que asesinan y se inmolan obedeciendo las consignas del Estado Islámico. No den más vueltas.

domingo, 20 de agosto de 2017

RATONES COLORAOS



Los incombustibles.



Es costumbre inveterada en nuestra joven y envenenada democracia el dar un retiro dorado a los políticos cuando dejan su actividad pública. En todas sus mentes aparecerán los nombres de aquellos que fueron presidentes de gobierno o ministros como Felipe González, José María  Aznar o Rodrigo Rato, a modo de ejemplo, sin contar el largo etcétera que les secunda en cargos en la empresa privada. Consejeros Delegados, miembros de consejos de administración de grandes empresas, presidentes de bancos y cajas, y en definitiva un retiro de lujo que les deja suculentos dividendos sólo por el hecho de ir, de estar o de dar su nombre al staff de la entidad de turno con el fin de vestirla de cierto glamour empresarial. Por lo general los ex políticos sólo se ocupan de ir una o dos veces y hacer caja. El tiempo restante lo ocupan en dar charlas y conferencias por las que se levantan otra pasta repleta de ceros. En fin que, al margen de lo que se llevaron legal o ilegalmente en sus tiempos de vida pública, ahora comen de la sopa boba que les sirven en bandeja ciertas empresas paniaguadas de los partidos políticos.
El caso es que ahora nos enteramos que esto no ocurre sólo a nivel nacional, como son los casos anteriormente mencionados, sino también en el regional. Vean ustedes a ese político incombustible, que tiene un currículum más largo que el transiberiano, dimitir como diputado, sin duda por su adscripción susanista y, no habiendo transcurrido un mes, anunciar que pasa a formar parte de Asturiana de Laminados. Maestro, Director regional de Educación, Alcalde, Presidente del Principado, de nuevo Alcalde, Delegado del Gobierno y Diputado nacional, Antonio Trevín es más listo que los ratones coloraos, aunque no lo parezca. Ignoramos lo que sabrá de zinc, laminados y gestión empresarial, quizás él también lo ignore, pero lo que sí tenemos claro -lo mismo que él- es que es un buen maestro en el arte de la infiltración y de la ubicuidad. 


miércoles, 16 de agosto de 2017

DESDE LAS ALTURAS



De lo incívico.



Cada día que salimos a la calle lo hacemos con la prevención de encontrarnos con algo insospechado, pensando en qué sorpresas nos deparará el paseo, o la simple salida a la tienda de la esquina, al súper o a la simple gestión administrativa. Y créanme que siempre ocurre algo inesperado. Pisas una caca, o una baldosa que te pone perdidos zapatos y pantalones, como me ha ocurrido ayer, ves somieres y colchones en las aceras apoyados contra los contenedores de basura o a alguien que revuelve en su interior buscando algo aprovechable y dejando el resto en las aceras con las bolsas abiertas, y también el propio contenedor, y con el nauseabundo olor de la basura campando libremente por los alrededores, y ves también cosas increíbles como me sucedió hace dos sábados a las siete de la tarde. Regresaba de hacer una compra cuando oí unos golpes fuertes que parecían la caída de algo desde las alturas. Identifiqué el lugar de donde procedían y cuando llegué a las inmediaciones cuál no sería mi sorpresa al observar cómo puertas de armarios, cajones, costados y respaldos de algún mueble desarmado eran arrojados desde la ventana de un cuarto piso al solar que ocupó la antigua Bélter. Todo ello caía en las matas de ortigas y maleza que había crecido sin control desde la demolición y desescombro de la librería. Así durante quince minutos. Proseguí mi camino hacia casa y me percaté que, en la calle, delante del edificio de donde llovía el mueble había depositados unos ocho módulos de una librería o algo parecido. Vivir para ver.
El caso es que alguien llamó a la Policía Local que se presentó pasados veinte minutos y requirió a los incívicos ocupantes de la vivienda para que retiraran todo aquello que habían tirado al solar y dejado en la vía pública, indicándoles que el ayuntamiento tenía un servicio gratuito de recogida de muebles y enseres. Son quienes conocen sus derechos mejor que nadie y también mejor que nadie incumplen las mínimas normas de convivencia y respeto. Algunos cabrones subvencionados.

viernes, 11 de agosto de 2017

CALABOBOS



Vestimentas inadecuadas.



Este lunes pasado llovió la de su madre, bueno era un orbayu permanente de los que llaman “calabobos” pero no paró en todo el día. Y me dí cuenta del por qué de ese apelativo. Veréis. Paseaba con Duke por Sama, procurando ir por debajo de los aleros de los edificios equipado de  paraguas, sombrero y cazadora. Hasta mi amigo blanco llevaba puesto un bonito chubasquero. De pronto, al doblar una esquina, tropiezo con mi amigo Luisinacio que viene apresurado intentando protegerse de la lluvia, y detrás su esposa, Maripuri que le está diciendo en esos momentos: “Yes subnormal, ya te dije que no salieras así de casa, bobo, más que bobo”. Lo miro de arriba abajo y contengo una carcajada. Lleva el Panamá, una guayabera floreá, pantalón corto de cuadros escoceses y chanclas. Sus piernas, blancas y sin vello, se asemejan a las de un jilguero malnutrido.   Ella, sin embargo, va a tono con el tiempo. Los cuatro nos guarecemos en un portal. “Mira, fíu, no puedo con él, ¿tú ves cómo sale?, toy insistiendo pa que vuelva a casa pa cambiase y no-í da la gana. Diz que en Gijón haz buen tiempu y que la que voy mal vestía soy yo. ¿A ti parezte normal?”. Yo no sabía qué decir, mientras Duke se sacudía para quitarse el agua de encima. Luisinacio se apartó para no mojarse y me dice que aparte el perro que le está poniendo pingando. En ese momento doy rienda a la risa contenida y abandono mi mutismo. “¿Parezte que tas poco mojáu pa quéjate de Duke?, anda, haz casu a la tu muyer y vete pa casa a cambiate, que vas coger un costipáo veraniegu y, luego, cuando llegue el buen tiempo vas tener que salir a la calle con zamarra. ¡Zamarro!”. “¿Viste? -dice Maripuri-, si ya-í lo vengo diciendo desde casa, que da mal tiempu en to los laos, y en Gijón también. Y vamos a la Feria, no a la playa, bobo”. Nos hizo caso y dio la vuelta refunfuñando: “Tener amigos pa esto”. Ya vos dije que Luisinacio ye gilipollas.


martes, 8 de agosto de 2017

JAULA DE GRILLOS



Tertulianos.



Debatir sobre ideas, situaciones y proyectos es algo muy habitual en las noches de las radios españolas. En casi todas comparece un miembro más o menos señalado de cada una de las formaciones políticas importantes, de manera que son cinco o seis intervinientes bajo la batuta de un moderador que interviene poco o nada con respecto al asunto del que se discute. Acostumbro a escuchar estos debates en varias emisoras y son, en ocasiones, verdaderos espectáculos. Evidentemente cada uno arrima el ascua a su sardina, expone sus incuestionables motivos y cuestiona furibundamente los de sus antagonistas a quienes, también de forma evidente, no tiene la paciencia de escuchar en gran parte del debate. Todo muy sensato, justo y entendible para el radioyente de infantería por parte de todos ellos, que están convencidos de que su mensaje llega con claridad y poderío a los suyos, claro está. Porque los que no tienen adscripción política o aquellos que persisten en la eterna duda acaban por pensar que todos los tertulianos llevan razón, de forma que la duda se incrementa y su tendencia se emborrona.
Y sucede lo mismo que en los debates televisivos, que siempre hay alguno de ellos que toma la palabra y no la suelta ni apretándole el pescuezo. Luego, cuando es otro el interviniente, le interrumpe de forma constante parapetándose en sus ya expuestos argumentos hasta que el otro le dice aquello de “por favor, déjeme terminar que yo le he escuchado a usted con todo respeto”, y cuando nuestro prota vuelve a tomar la palabra es el primero en no consentir una interrupción valiéndose de la misma frase que le habían soltado. De manera que, a medida que el avanza el debate, todos se interrumpen y todos censuran las interrupciones de idéntica manera hasta convertir el programa en una jaula de grillos. Al final todos se saludan cordialmente y se despiden convencidos de que han ganado el debate. Porque es que, en definitiva, todos dicen lo mismo.