miércoles, 16 de agosto de 2017

DESDE LAS ALTURAS



De lo incívico.



Cada día que salimos a la calle lo hacemos con la prevención de encontrarnos con algo insospechado, pensando en qué sorpresas nos deparará el paseo, o la simple salida a la tienda de la esquina, al súper o a la simple gestión administrativa. Y créanme que siempre ocurre algo inesperado. Pisas una caca, o una baldosa que te pone perdidos zapatos y pantalones, como me ha ocurrido ayer, ves somieres y colchones en las aceras apoyados contra los contenedores de basura o a alguien que revuelve en su interior buscando algo aprovechable y dejando el resto en las aceras con las bolsas abiertas, y también el propio contenedor, y con el nauseabundo olor de la basura campando libremente por los alrededores, y ves también cosas increíbles como me sucedió hace dos sábados a las siete de la tarde. Regresaba de hacer una compra cuando oí unos golpes fuertes que parecían la caída de algo desde las alturas. Identifiqué el lugar de donde procedían y cuando llegué a las inmediaciones cuál no sería mi sorpresa al observar cómo puertas de armarios, cajones, costados y respaldos de algún mueble desarmado eran arrojados desde la ventana de un cuarto piso al solar que ocupó la antigua Bélter. Todo ello caía en las matas de ortigas y maleza que había crecido sin control desde la demolición y desescombro de la librería. Así durante quince minutos. Proseguí mi camino hacia casa y me percaté que, en la calle, delante del edificio de donde llovía el mueble había depositados unos ocho módulos de una librería o algo parecido. Vivir para ver.
El caso es que alguien llamó a la Policía Local que se presentó pasados veinte minutos y requirió a los incívicos ocupantes de la vivienda para que retiraran todo aquello que habían tirado al solar y dejado en la vía pública, indicándoles que el ayuntamiento tenía un servicio gratuito de recogida de muebles y enseres. Son quienes conocen sus derechos mejor que nadie y también mejor que nadie incumplen las mínimas normas de convivencia y respeto. Algunos cabrones subvencionados.

viernes, 11 de agosto de 2017

CALABOBOS



Vestimentas inadecuadas.



Este lunes pasado llovió la de su madre, bueno era un orbayu permanente de los que llaman “calabobos” pero no paró en todo el día. Y me dí cuenta del por qué de ese apelativo. Veréis. Paseaba con Duke por Sama, procurando ir por debajo de los aleros de los edificios equipado de  paraguas, sombrero y cazadora. Hasta mi amigo blanco llevaba puesto un bonito chubasquero. De pronto, al doblar una esquina, tropiezo con mi amigo Luisinacio que viene apresurado intentando protegerse de la lluvia, y detrás su esposa, Maripuri que le está diciendo en esos momentos: “Yes subnormal, ya te dije que no salieras así de casa, bobo, más que bobo”. Lo miro de arriba abajo y contengo una carcajada. Lleva el Panamá, una guayabera floreá, pantalón corto de cuadros escoceses y chanclas. Sus piernas, blancas y sin vello, se asemejan a las de un jilguero malnutrido.   Ella, sin embargo, va a tono con el tiempo. Los cuatro nos guarecemos en un portal. “Mira, fíu, no puedo con él, ¿tú ves cómo sale?, toy insistiendo pa que vuelva a casa pa cambiase y no-í da la gana. Diz que en Gijón haz buen tiempu y que la que voy mal vestía soy yo. ¿A ti parezte normal?”. Yo no sabía qué decir, mientras Duke se sacudía para quitarse el agua de encima. Luisinacio se apartó para no mojarse y me dice que aparte el perro que le está poniendo pingando. En ese momento doy rienda a la risa contenida y abandono mi mutismo. “¿Parezte que tas poco mojáu pa quéjate de Duke?, anda, haz casu a la tu muyer y vete pa casa a cambiate, que vas coger un costipáo veraniegu y, luego, cuando llegue el buen tiempo vas tener que salir a la calle con zamarra. ¡Zamarro!”. “¿Viste? -dice Maripuri-, si ya-í lo vengo diciendo desde casa, que da mal tiempu en to los laos, y en Gijón también. Y vamos a la Feria, no a la playa, bobo”. Nos hizo caso y dio la vuelta refunfuñando: “Tener amigos pa esto”. Ya vos dije que Luisinacio ye gilipollas.


martes, 8 de agosto de 2017

JAULA DE GRILLOS



Tertulianos.



Debatir sobre ideas, situaciones y proyectos es algo muy habitual en las noches de las radios españolas. En casi todas comparece un miembro más o menos señalado de cada una de las formaciones políticas importantes, de manera que son cinco o seis intervinientes bajo la batuta de un moderador que interviene poco o nada con respecto al asunto del que se discute. Acostumbro a escuchar estos debates en varias emisoras y son, en ocasiones, verdaderos espectáculos. Evidentemente cada uno arrima el ascua a su sardina, expone sus incuestionables motivos y cuestiona furibundamente los de sus antagonistas a quienes, también de forma evidente, no tiene la paciencia de escuchar en gran parte del debate. Todo muy sensato, justo y entendible para el radioyente de infantería por parte de todos ellos, que están convencidos de que su mensaje llega con claridad y poderío a los suyos, claro está. Porque los que no tienen adscripción política o aquellos que persisten en la eterna duda acaban por pensar que todos los tertulianos llevan razón, de forma que la duda se incrementa y su tendencia se emborrona.
Y sucede lo mismo que en los debates televisivos, que siempre hay alguno de ellos que toma la palabra y no la suelta ni apretándole el pescuezo. Luego, cuando es otro el interviniente, le interrumpe de forma constante parapetándose en sus ya expuestos argumentos hasta que el otro le dice aquello de “por favor, déjeme terminar que yo le he escuchado a usted con todo respeto”, y cuando nuestro prota vuelve a tomar la palabra es el primero en no consentir una interrupción valiéndose de la misma frase que le habían soltado. De manera que, a medida que el avanza el debate, todos se interrumpen y todos censuran las interrupciones de idéntica manera hasta convertir el programa en una jaula de grillos. Al final todos se saludan cordialmente y se despiden convencidos de que han ganado el debate. Porque es que, en definitiva, todos dicen lo mismo. 

domingo, 6 de agosto de 2017

EL DESCENSO DE ELLA



Grato encuentro.
Las manos de la Mujer Misteriosa

Todo lo que sube acaba por bajar, si es que no se queda arriba, claro está. Un día les conté una historia real acaecida una tarde lluviosa de diciembre en la que había sufrido varios sobresaltos en mi paseo vespertino con Duke cuando ya había caído la noche. Recordarán que entraba en el portal y, antes de encender la luz, me encontré con una mujer que bajaba las escaleras con altos tacones, gafas de sol y paraguas abierto. La dama misteriosa. Nuestro sobresalto fue de los que hacen época, Duke reculó al tiempo que gruñía y a mí se me puso el corazón en el pescuezo. No era para menos, créanme. El caso es que hemos cogido cierta amistad, yo siempre aludo a sus gafas de luna, que no de sol, y élla siempre sonríe recordando aquel suceso. Tanto es así que siempre que entro en el edificio y oigo el sonido de unos tacones que bajan -los que suben tienen otro sonido-  se que es élla, la espero y mantenemos una breve conversación. Es coqueta, guapa y muy agradable.
Hace unos días la ví saliendo del Súper cargada con una bolsa en una mano y un pack de agua en la otra, y la esperé. Cogí lo más pesado y caminamos despacio hasta la casa charlando de cosas intranscendentes. La corrupción, el referéndum catalán y naderías por el estilo. Hasta que, ya a punto de entrar en el edificio, observo sus manos y veo que trae las uñas pintadas de azul celeste. “Tienes unas manos muy guapas, como tú”, le dije. “¿Eres del Oviedo?”. Echó una sonora carcajada y me preguntó por qué me interesaba por eso. “Siempre me fijo en las manos de las chicas”, le respondí y me dijo que a élla le pasaba lo mismo con chicas y chicos, pero que azul no era signo de preferencia deportiva sino que le gustaba, “además también son los colores de Asturias”, remató. Subimos al ascensor y se quedó en el primero, donde vive. Por eso siempre sube y baja andando, pero en esta ocasión me acompañó cortésmente hasta que le entregué el pack de agua y nos despedimos hasta su próximo glamuroso descenso. Sin piragua.

viernes, 4 de agosto de 2017

YOÍSMO

Engreídos.



Soy la bomba, no hay nadie en el mundo más listu, más guapu y con mejor tipo que yo. Me miro al espejo de mi vanidad y no encuentro en mí falta alguna. Me quiero hasta la extenuación, me idolatro, no me beso porque no llego. Tengo un ombligo perfecto. Mi historia es la única que merece ser contada y oída, mis dolencias duelen más que las ajenas. Mi vida es de novela, algún día será un best seller. Meo Chanel Nº 5”.

Crean ustedes que no estamos hablando de Belén Esteban, ni de Pipi Estrada, ni siquiera nos referimos a Zapatero, ni a Rajoy. Hablamos de todos o de casi todos, de un estereotipo humanoide. ¿Quién de entre los más humildes no ha sentido en alguna ocasión la vanidosa satisfacción de “salir en la foto”?, ¿a quién de ustedes le desagrada un elogio, un aplauso o una lisonja?, ¿quién no siente el irrefrenable deseo de sacar la cabeza por encima de la de los demás? Pero tampoco queremos referirnos a eso, porque la carne es débil y todos, alguna vez, hemos tenido y volveremos a tener debilidades de ese tipo. ¿Dónde está entonces la diferencia? Pues muy simple, queridos amigos, el matiz está en la habitualidad de esos comportamientos. No es lo mismo tener un desliz que deslizarse por el tobogán permanentemente. No es lo mismo tener una presunción que ser un presuntuoso, un presumido o presumida. No es lo mismo.

Antes de nada, yo. Después, yo. Para siempre, yo. Sesiones monográficas interminables, si les dejas. Sobre su trabajo, sus hijos, su chalet, su coche, su perro y hasta del tamaño de su…, eso. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, dice el adagio popular. Carecer, esa es la palabra exacta. Estas personas carecen de humildad; no tienen capacidad para escuchar, ni saben hacerlo; no aprenden de nada porque ya nacieron aprendidos. Hablan y hablan, hasta que encuentran algo que decir. Después meten la pata hasta la corva. ¿Se acuerdan del “candelabro”? Y, en alguna ocasión, se encuentran con la horma de su zapato. Este es el caso de aquel que, un día sí y otro también, alardeaba entre sus amistades sobre sus conquistas y sus hazañas amatorias: “Pues la semana pasada estuve con la mujer del farmacéutico”, “pues ayer lo hice con la hija del panadero y mañana quedé con la del carnicero”…, decía ante la pasividad y aquiescencia de sus tertulianos. Y así todos los días y a todas horas, hasta que un día el tonto del pueblo le dijo: “Joder macho, entre tú y tu mujer os estáis tirando a todo el pueblo”.

Ustedes se preguntarán qué es lo que Duke piensa de todo este asunto y yo les diré que Duke está confuso. Cada vez más. Tras alguno de estos episodios, siempre piensa y se propone no volver a soportarlo y, al igual que el tonto del pueblo, responder a estas personas y darles con la puerta en las narices, sin embargo llegado el momento se calla, como aquellos tertulianos, y traga sapos, culebras y todo lo que le echen. Prudente que es él. Pero que nadie vaya a creerse que esto va a ser siempre así. Sin ir más allá, ayer por poco muerde a uno de estos yoístas. Porque ¿qué se creen?, que van a hacer o decir lo que les venga en gana y salir indemnes. La educación, la prudencia y el respeto a los demás empieza por uno mismo. Respeta si quieres que te respeten. Nadie puede andar por ahí haciendo o diciendo lo que se le antoja, pisando y humillando a los prójimos, como quien no quiere la cosa, para irse después de rositas. Un ladrido, un mordisco, o un puñetazo en la mesa a tiempo lo soluciona todo. Faltaría más.