sábado, 19 de julio de 2014

DINAMITEROS

Predadores del río

Hubo un tiempo en este concejo, y en casi todos, en el que los chicos pasaban sus ratos de ocio haciendo diabluras. No tenían consolas, ni internet y muchos ni siquiera televisión. Entonces jugaban en la calle a lo que fuera. Juegos ancestrales, los de sus mayores o algunos inventados. En mis tiempos, cuando las películas de indios y vaqueros, jugábamos en la calle o en los bosques a policías y ladrones o a eso, a sioux y yankis. Pero a mis catorce o quince años supe de algunos de la tropa que se iban al río a cazar. Como lo oyen. No iban a pescar, no. Provistos de una o más botellas de lejía se situaban en recónditos lugares del río, la vertían y todo consistía en esperar un rato y coger las truchas que salían a flote envenenadas con el cloro. Bien sabían que lo que hacían no estaba bien y que corrían sus riesgos, pero la aventura también estaba ahí, en el riesgo. Si las comían después o las tiraban a la basura lo desconozco.
Más recientemente supe de un grupo de chavales, ya en edad militar, que eran verdaderos terroristas en estos menesteres. No usaban lejía ni nada tóxico para la especie, sino algo más seguro. Barrenos de dinamita. Vean: Eran cuatro que decidieron ir a “pescar” más allá de Tarna, en la provincia de León. Cerca de Riaño encontraron un remanso en el río y, ya entendidos en la materia, creyeron oportuno echar allí sus redes. Dos petardazos, uno tras otro, y las truchas volaron por los aires. Para que después diga alguno que los peces voladores no existen. ¡Vaya que sí! Lo malo es que luego no pudieron recoger la pescata porque todas las truchas habían quedado prendidas en un par de castaños de la vera del río. Había más peces en las ramas que castañas en su tiempo. Ahora, ¿les tocaría ir a la gueta?... Ni tuvieron tiempo a pensarlo. Inmediatamente aparecieron cuatro Guardias Civiles que los trincaron con las manos en el cartucho. Habían ido a la parte trasera de un puesto de la menetérica. ¡Hay que joderse! Cuatro garrotazos, dos hostias o media docena, declaración y p’al Cuartón. Allí estuvieron dos días acojonados hasta que tocaba declarar ante la autoridad judicial. Y las truchas en la castañal. Declararon ante el juez aquello de “yo no fui”, “yo no sabía que esto era pecáo”… y cosas por el estilo. Tiempo después, cuando ya estaban citados a juicio, murió Franco, el Rey tomó posesión y hubo un indulto general. Se libraron de la quema, y uno de ellos, comunista confeso, reconoció el favor que le habían hecho aquellos de la oprobiosa.



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