martes, 7 de junio de 2011

TO ER MUNDO E GÜENO


En el parque de Sama, a la altura del monumento erigido a Dorado, hay cuatro bancos dispuestos en forma de “U” donde suelen sentarse miembros de una tertulia de hombres mayores, casi todos de boina y bastón. Por cierto, ¿recuerdan aquel de la lista para los futuros muertos (“Días de muelle flojo”, LNE 10-10-2010)?, pues en esos bancos se sentaba, y allí adjudicaba a los conocidos días de caducidad, olvidándose que él mismo la tenía cercana porque a los pocos días de la publicación de aquella columna el hombre se fue al otro barrio. Sin avisar. Durante diez o quince días después de su muerte nadie de los de su grupo se sentó en aquellos bancos. Son bancos novelescos, al igual que aquel del parque de La Alameda en Santiago de Compostela donde son famosas “As duas Marías” y también la eterna sentada de Don Ramón del Valle Inclán en un banco como los nuestros, pero de forja. Volviendo a lo doméstico, hace unos días, cinco o seis ancianos de los habituales estaban reunidos en el lugar platicando de sus cosas cuando un hombre de unos cuarenta años llegó sujetando con una correa a un “canis vulgaris”, esto es a un perro de los que ahora llaman “mil pichas”. Le pidió al anciano que permanecía de pie que le hiciera el favor de sujetar al chucho mientras él iba a los cercanos aseos. Lo hacía ostensiblemente apurado, sujetándose la entrepierna. El hombre cogió la correa del perro y el otro se fue corriendo a los servicios. Al menos ese fue el ademán que hizo porque al llegar a la puerta, miró hacia atrás y al ver que no le veían, se dirigió a una cafetería cercana. Lo que le apuraba era tomarse una pinta. O media docena.

Mientras tanto el anciano nervioso sujetaba celosamente al can que, también inquieto y enhiestas sus orejas, miraba en la dirección por donde se había ido su irresponsable dueño. De pronto pasó una perrita y el cánido se puso como loco a intentar percibir el aroma que desprendía la dama. Para ello iba de un lado a otro enrollando la correa en las piernas del anciano, y éste girando torpemente sobre sí mismo para desenrollar la puñetera cuerda hasta estar a punto de dar con sus viejos huesos en el suelo. Cuando dos de sus compañeros se levantaron para ayudarle el can comenzó a ladrarles desaforadamente, pensando que querían quitarle su ligue. Y en esto, después de quince minutos, llegó el amo, con un breve gesto dio gracias y se iba a marchar como si tal cosa, cuando tres de los ancianos incluido el buen samaritano le rodearon diciéndole que ellos mismos, prostáticos todos, nunca tardaban tanto en echar una meada. ¡Cara dura!, remataron. ¡Sivergüenza!, concluyeron. Y el otro se fue de allí a buscar a alguien que le hiciese el favor se sujetar a Toby mientras se tomaba otro vino. O medio litro.

Este episodio que termino de contarles lo presenció Duke desde enfrente, donde el otro monumento, el dedicado a Don Luis Adaro, más conocido como “La Carbonera”. Allí en su cesta, donde recoge el carbón, bajo la atenta mirada de la señora Duke se sienta y observa. Igual que Don Ramón que seguro no participaba de aquello de “To er mundo e güeno”.

Imágenes de Google

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