domingo, 2 de agosto de 2015

LA ABUELA



Juegos de juventud



Eran los tiempos de juventud, no hace tanto, en que las pandillas se reunían en cualquier bar -casi siempre uno de aquellos bodegones tan habituales en estas cuencas- y jugaban a los dados, a la siete y media como don Mendo (o te pasas o no llegas), o en muchos casos a aquello de La Abuela que consistía en tener la rapidez de mente y la lucidez suficientes mientras se bebía sin parar. El que se equivocaba tenía que tragarse un vaso de vino a tope, en muchos casos mezclado con mistela, de manera que cuando llevaba varias confusiones estaba más mareado que un aldeano en la gran manzana. Uno de los participantes en el juego ejercía como “abuela” y a cada uno de los demás se le asignaba un número por el que se le llamaba aleatoriamente. “La abuela cuando se murió cinco vasos de vino dejó”, decía la abuela para empezar. Y el número cinco: “¿cómo que cinco?”, “¿cuántos pués?”, contestaba la abuela. “Dos”, decía el cinco. “¿Cómo que dos?”... y así sucesivamente hasta que uno de los jugadores, incluida la abuela, metía la pata y decía su propio número o alguna expresión que no figuraba en el protocolo del juego. Entonces le tocaba tomarse un lingotazo de antioxidante, de manera que al cabo de poco tiempo la mitad de los jugadores y sobre todo las jugadoras, que evidentemente aguantaban menos la bebida, tenían una castaña descomunal y acababa por dejar la partida.
Eran cosas que se hacían sobre todo en verano cuando las pandillas se juntaban durante unos días que compartían camping, casa e incluso cielo abierto. Diez o doce amigos, chicos y chicas (hós y nés) estábamos en Cangas de Onís en casa de un colega mío de facultad y aquella célebre partida fue en Ribadesella. Uno y una se enzarzaron con sus respectivos números, yendo el uno a por la otra y la otra a por el uno, picados, mientras los demás casi estábamos allí como meros espectadores, de manera que entre los dos se despacharon la cosecha del ochenta y tres, hasta el punto que casi tuvimos que ir a la Iglesia para que el cura riosellano nos despachara parte de sus haberes de vino de misa para la mezcla. Eran como el famoso conejo, duraban y duraban, pero ambos tenían el perjudique más increíble que he visto en mi vida. Ya no articulaban dos palabras seguidas: “da abueda de daba ad modabio. Hip”.

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