Los antecesores de los peluqueros

No es
una profesión cualquiera, faltaría más. Es el oficio de aquellos
que están permanentemente en contacto con la gente de la calle, con
los clientes, con la familia de los clientes, con las gentes que
pasan por delante de la peluquería y con las familias de los
paseantes. Conozco a peluqueros de los de antes, barberos, que son un
pozo de sabiduría, son el Fondón de la sapiencia. Éllos que
recogieron los peines y las tijeras de sus padres también heredaron
las facultades investigadoras que debe de tener un barbero que se
precie de buen profesional. Quien necesite de sus servicios debe de
saber que acudir a sus establecimientos es igual que tomarse en
Londres el té de las six o’clock, un ritual para el que se
necesita tiempo y paciencia. Sentarse en ese sillón significa
relajar cuerpo y mente y estar dispuesto a pasar por un tercer grado,
o lo que es lo mismo someterse a la prueba del polígrafo. Preguntas
y opiniones. Todo estriba en contestar su encuesta con monosílabos
y escuchar atentamente sus atinadas sentencias, “díxolo Xuan,
puntu redondu”. Recordarán que siglos ha, los barberos se ocupaban
también de las extracciones dentales. No me cabe la menor duda de
que eran los primitivos “sacamuelas”, y nadie preguntaba más que
ellos. Al refranero me remito. Y entre pregunta, respuesta y opinión
hay que estar al día de la vida exterior, de quienes pasan por la
calle: “buenos días Pepe, buenas tardes Juan, ¿qué tal el
paisano, María?…”. Nada se le escapa al barbero. Pero es que,
además, son los más entendidos en fútbol, política y relaciones
laborales, al igual que sus colegas del sexo opuesto lo son de los
affaires de los personajes y personajas de la Jet y, en estos tiempos
que corren, de los frikies y macarrillas de las teles de este país
de sobraos. Saben lo que no está escrito sin necesidad de la
Enciclopedia Británica ni de diccionarios. Evidentemente lo escrito
también lo saben.
Claro
que, estos profesionales de tijera y navaja, no están hechos para
todo el mundo. No toda la tropa es digna de su encomiable trabajo y
de sus sabios consejos. De todos es conocida aquella anécdota en que
un adusto ciudadano acudía a una barbería de las de antes. El
barbero le preguntó cómo se lo cortaba. “En silencio”, fue la
respuesta. Duke, que también va a la peluquería, prefiere escuchar
y permanecer callado mientras dura la faena y le crecen las orejas.
Tiene la lección bien aprendida.