Recuerdos de la infancia (continuación)
Me gustaba soñar con las cosas que haría al día sigui
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"Ví cómo la burra me cobijaba...". (Ilustración de Marta Beiro) |
ente.
“Mañana, luego de abrevar el ganado, recogeré los huevos del gallinero. Luego
iré a limpiar las regatas de la llamarga, para ello tendré que arreglar el
mangu de la fesoria; de ahí subiré al pueblo a esperar al panadero, me
entusiasma verlo aparecer subido a lomos del enorme macho de cansino andar y
con las piernas metidas en el escaso espacio que dejan libre las dos banastras
repletas del pan de tahona. A lo mejor me deja subir al animal y dar una
vueltina; una vez en casa iré a la corraleta para extraer una jarra de vino del
pellejo y si la abuela no merodea por allí chuparé las últimas gotas. Después
de comer iré al pueblo por las latas vacías que ha de traer la lechera, a ver
si mi madre me envía en ellas las chirucas que me prometió por aprobar mis
exámenes; a la tarde, si hace bueno, aparejaré la burra y montaré en ella para
dar un paseo por el monte, de paso cortaré algunos palos de avellano para hacer
un arco y unas flechas y, cuando vuelva, me mudaré para ir a la fiesta del
pueblo”. Con estos sueños pasaba la noche y por fin el gallo cantaba anunciando
que había amanecido. Mientras los mayores ordeñaban me quedaba arronchado en la
cama unos instantes hasta que, inevitablemente, se oía el cotidiano “ya está
bien, Marce”. En algunas ocasiones el despertar deparaba alguna sorpresa:
¡Parió la Pinta! Nunca entendí cómo era que la cigüeña siempre llegaba por la
noche a traer el xatu. Otras veces el raposu había visitado el gallineru y
había dejado a las desplumadas supervivientes con la histeria propia de las de
su género. La faena comenzaba y algunos de mis sueños se iban cumpliendo. Pero
aquel día me hice un lío con el pellejo y se me derramaron varios litros de
vino y a la tarde, cuando ya había cortado algún palo para el arco, cayó una
tremenda tormenta y, perplejo, vi cómo la burra, sin mas techo que su albarda y
sus orejas, me cobijaba, soportando estoicamente el chaparrón. Y como no hay
mal que cien años dure, el chubasco se alejó y todo quedó preparado para la
fiesta, que no quería perderme, pero… ¿cómo caray me las apañaría con les
madreñes que habían llegado en las latas de leche vacías? Aún las conservo en
recuerdo de aquellas vacaciones veraniegas en La Nisal, en la casa del corredor
que ya no tiene Bruja Chupasangres.
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