viernes, 6 de agosto de 2010

LAS NORMAS



Aunque les suceda lo que a Duke le sucedió, les recomiendo que den un pregón en su pueblo. Una vez en la vida merece la pena. Un viejo amigo que lo dio hace años ya me dijo, antes de pronunciar el mío el sábado pasado en el Nalón de Lada, que lo disfrutara porque era una experiencia inolvidable. Y no se equivocó. Disfruté, me sentí importante entre los míos, arropado, querido y valorado, cuando, de todo ello, quizás lo único que merezca es el cariño en compensación al que yo tengo a todo el pueblo de Lada. Gracias por tu consejo, Julio César. Mi pregón solo se distinguió entre otros en que fue un mensaje musical. Nada más. Solo me faltó cantarlo. Pero lo de después fue glorioso. Confraternizar con aquellos y aquellas a quienes había aludido irónica, pero también críticamente, en mi discurso, con amigos, viejos conocidos y gentes que tan solo me conocen de referencia o me leen en LNE fue un verdadero placer, algo para el recuerdo.

En una espicha pantagruélica oficiada por la Sociedad de Festejos de San Román tuve la oportunidad de conversar distendidamente con amigos, conocidos y autoridades de distinto pelaje que, por cierto, asumieron deportivamente, y sin reservas rencorosas, mis locas alusiones a la clase política. Los políticos son mucho más de lo que dije en mi mensaje festivo. Me quedaría con esa deportividad si alguien me preguntase por lo más evocador de aquel acto. Pero también me quedaría con la generosidad de Enrique Camporro y sus compañeros de Directiva; con el altruismo de Cilio y su esposa Marilí que vienen expresamente a las Fiestas desde Huelva -y luego güelven-, y hacen de anfitriones en el “Espichón”; con mi querido y admirado Albino Suárez -poeta y memoria de Laviana y del Valle- y su encantadora esposa que vinieron a estar conmigo; con mis incondicionales Joaquín “el General” y Silvino; y con mi fiel amigo Cesar Alario que me acompañó absolutamente en todo, y en todo me ayudó y me aconsejó, sin olvidarme de su esposa Mariam y su hijo Pablo, futuro hacedor de cosas de este tipo.

Llovía y, bien entrada la madrugada, pido un taxi. La operadora me dice que tengo que esperarle a trescientos metros de donde estoy. Son las normas, me dice, y me quedo a cuadros sin saber que responder. Total lo mismo me daba caminar trescientos que mil metros, que son los que me separaban de mi domicilio. Fuera de mí, vuelvo a llamar a los diez minutos y le digo a la intrépida telefonista que me cago en sus normas y en el listo que las hizo, que quiero un coche donde lo pedí, porque allí no estaba cortada la circulación de vehículos, y que si no lo tengo se van a acordar de lo que vale un peine. En ese momento delante de mí veo a un taxi esperando y no lo hacía precisamente por el pregonero. En él me fui a casa saltándome las putas normas, como lo hice en el pregón. Pa habeme matáo.

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