miércoles, 8 de agosto de 2012

EL MICROONDAS


Con los libros pasa lo mismo que con les muyeres. Tú no pués dejá-i la mandakari a nadie porque luego no te la devuelve. Como ella no vuelva sola tás arregláu. Pero ye que los libros no vuelven solos, que va. No tienen pates. Yo tenía un libru que apreciaba de manera especial -casi tanto como a la santa- y un día dejéilu a no se quién, o quiena, (no me acuerdo) y no me lu devolvió, el muy cabrón. Titulábase “Toda la belleza del mundo” del nóbel Jaroslav Sheiffert,y era muy guapu y muy profundu. Alguna vez vos hablé de él, o hice alguna cita. Hacíate pensar muncho. Duke leyolu dos o tres veces y no para, colega. Fueron mis padres quienes me lu regalaron cuando cumplí no se cuántos. Dedicáu. Y resulta que puedo comprar otru, que los hay, pero no me da la gana porque quiero el míu, el que me regalaron mis progenitores con tantu cariño. El que Duke leyó, subrayó y marcó. El vieyu. El dedicáu por ellos, con fecha y firma. 

Ahora supón tú que dejaste la muyer a otru cabrón como el del libru, y quedose con ella. ¿Vas comprar otra? No, porque, además de que no vas a encontrala, también ta usá por tí y dedicá pa ti. Por otru lao, les muyeres no se compren, no son nuestres. Además, no hay tiendes ni economatos que les vendan, y seguro que el otru no-í cogió el cariño que tu i tienes, como en el casu del libru. Por eso dije al principio que ye lo mismo. 

Otra cosa ye que, como no me acuerdo, haya perdío el libru o no sepa dónde rediós lu puse -ya busqué hasta en el microondas esi-, en cuyu casu o ye que soy un abandonáu o un poco gilipollas. Justo lo mismo que si no hubiera prestáo a la santa, sino que no supiera por ónde anda. Si táo no tá. Porque en el parato esi no tá, que ya miré. Además no entra por la puerta y tien claustrofobia. Así que tará en la calle. Perdía. Lo dicho, un abandonáu y un gilipollas que debo ser. También con alguna protuberancia frontal d’eses, seguramente. 

Así que una de dos: si tenéis muyer y también tenéis algún libru no los dejéis a naide. Guardalos bien pa tenelos siempre localizáos y saber ónde tán. Pero no los metáis en el microondas, y si lo hacéis ponelu a la máxima potencia. Porque ye que hay libros muy malos, y muyeres peores. Además ni libros ni mandakaris pinten na en el microondas. Pa eso están les libreríes y les pasareles. ¿O no?

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martes, 7 de agosto de 2012

NOMBRES Y APELLIDOS


 La importancia de cómo te llamen
Ya que estamos en agosto y los mineros han vuelto al tajo, vamos a serenar los ánimos y hablar de algo más intranscendente de lo que habitualmente hacemos. ¿A ustedes les gustaría llamarse Tiburcio, Ponciano o Críspulo? A mí no, de verdad. A mí me gustaría llamarme Ernesto por aquello de la importancia de la que habló Oscar Wilde en su comedia. Yo tengo una amiga que tién un gatu que se llama así, Ernesto -bueno, llámalu ella de esa manera. Él tovía no habla- que ye tan blancu y listu como el mi Platerín, pero en felino. Ye un gatu importante, y no ye de Lada, mira tú por dónde. A lo que iba, tener un nombre que aporte aplomo y personalidad a su dueño es algo fundamental. No es lo mismo que a uno le llamen Don José, que Pepe o Pepito. Respeto, camaradería o confianza, o ninguneo. No es lo mismo. Como tampoco da igual tener por nombre Antonio, que a uno le llamen Antón. Esta contracción (o como se llame) describe a un personaje serio, grande, con mucho “peso”; y si lleva boina, aún más. Nadie le tose a Antón tocado con boina. Si además está togado te vas tóa por la pata abajo. Como no es lo mismo llamarse Dolores, que llamarse Lola o Loli. Con Loli pasa lo mismo que con Pepito. Nadie los toma en serio. Con perdón de Lolas y Pepes. 

Pero si el nombre es importante no lo es menos el apellido. ¿Qué pasaría si tuviéramos un presidente de gobierno que se llamara Mariano Romerales? Pues que nadie miraría para él, seguro. En cambio si se apellida Rajoy míralu to dios, aunque sea pa acordase de sus ancestros. Después están los nombres extranjeros como, por ejemplo, Winston Churchill. Eso ya ye el no va más de los novamases. Tener nombre de rubio americano y apellido de puro habano da vitola. ¡Sí, ho! Fíjate si la da que te ponen hasta en los sellos de tol mundo. Y si no que-í pregunten al mi amigu Altable, que ye el que más sabe de esto. 

A ver si nos vamos dando cuenta de la importancia del nombre y los apellidos y empezamos a llamar a los neños y a les neñes con nombres serios y europeos como Cameron, Angela, Katherine o John, o la madre que los parió. Va a ser la única manera de entrar en el mudo de una puta vez, de que nos tomen en serio y acabar con la crisis de deuda. Por lo pronto Duke no se queja del nombre que tién. Ta buscando un apellidu que lo vista bien vestíu.

lunes, 6 de agosto de 2012

COLECCIONISTA Y CABALLERO


 Duke tenía iniciadas unas líneas sobre la Exposición Filatélica de los Premios Nobel que, su propietario, Manuel Altable tuvo la gentileza de exhibir durante la última quincena de julio en las Escuelas Dorado de Sama, al objeto de animar al público a que la visitaran, pero mi compañero en estas lides Francisco Palacios, más rápido y listo que nosotros, se nos adelantó en un certero artículo, que suscribimos en su totalidad, publicado hace unos días en estas mismas páginas. Por eso hemos obviado lo ya escrito y, sin embargo, además de asistir a la inauguración del evento, hemos vuelto a verla el día de su clausura, con más detenimiento, paciencia e interés. Tranquilamente. Y de ahí surgen estas modestas letras.

 Yo, que no soy ducho en la materia -es más, soy un ignorante filatélico- quedé admirado y sorprendido por la calidad de la muestra. Y, al tiempo que la contemplaba, oía los comentarios que un experto visitante hacía al Presidente de la Sociedad Filatélica del Nalón allí presente. “Excepcional”, “amplia y completa”, “magníficamente pensada y ordenada”, “lo mejor que he visto en Asturias”…, fueron algunas de sus opiniones, entre otras siempre elogiosas. Escuchando estas alabanzas y a medida que recorría la expo pensaba en si algunos de aquellos calificativos no se habrían quedado cortos. Con un método riguroso, Altable comienza por la figura del creador de los premios, Alfred Nobel, ilustrando de forma manuscrita -con una letra clara, precisa y uniforme (su letra)- los datos biográficos del personaje, como lo hace con cada uno de los restantes en una laboriosa y envidiable tarea de investigación y hermenéutica, sin duda producto de centenares de horas de trabajo serio y minucioso. Continúa Manuel con todos los Nobel de Literatura sobre los que en alguna ocasión se emitió algún sello en otra detallada labor de búsqueda, gastos e intercambios. Hasta un total de sesenta y tres premios, entre los que llaman poderosamente mi atención algunos como Sheiffert, Faulkner, Hesse, Kipling, Pasternack y alguno más, por no citar a los nuestros, Echegaray, Benavente, Cela y, cómo no, Juan Ramón Jiménez ante el que me detengo a atender los comentarios que me hace Manuel, por quien me entero de la relación cuasi-tiránica del literato con su esposa Zenobia que, según su opinión, pudo ser la verdadera merecedora del galardón. Dentro de la muestra merece un capítulo aparte su personaje: Sir Winston Churchill que ocupa ocho paneles de la exposición a lo largo de los que Altable hace un detallado recorrido por su vida, sus aficiones y vicios, sus amistades, la II Guerra Mundial, la política y la multitud de homenajes y conmemoraciones a la histórica figura del estadista. 

Lo más especial y admirable de todo ello es otro personaje: el propio autor que ha propiciado esta impresionante exposición, Manuel Altable Vega. Un caballero, todo un señor. Elegante, amable y erudito. Buen conversador y mejor escuchador, Manuel tiene material ordenado para decenas de exposiciones como ésta. Pero no solo de sellos, sino también de monedas, de pipas (de fumar) y, sobre todo, de relojes de bolsillo de los que tiene más de quinientos, de los que más de la mitad son de oro. Joyas que ha ofrecido al Ayuntamiento langreano para su exposición porque, como él mismo afirma, “para cuatro telediarios que me quedan, me gustaría compartirlo con mis conciudadanos”. 

Y Duke cree que nuestros representantes políticos deberían de hacer un esfuerzo y aceptar esta generosa y altruista oferta, poniendo de su parte los medios necesarios para que pueda llevarse a cabo lo antes posible. Porque cuando otos patrimonios se nos van, deberíamos de velar por algunos que, como el de Manuel Altable, permanecen en el anonimato teniendo más valía y valor que otros que están en exposiciones y museos. Gracias, Maestro. Tienes nuestra admiración y respeto. ¡Largos Telediarios!

martes, 31 de julio de 2012

PECAR TODAVÍA

Lo que las cosas han cambiado
Antes, en los tiempos de mi güela, cuando yo era piquiñín y Duke no era ni un esperematoizoide d’esos, cualquier cosa era un pecáo. De aquella había unes coles de la virgen en los confesionarios y los curas iben p’ol libru. Repasábenlo tó. La Biblia, los Diez Mandamientos, el Catecismo y hasta la tabla de multiplicar. No podíes decir “que se joda” porque eso era desear el mal de tu prójimo, o prójima; no podíes mirar p’al escote de una moza porque eso era cometer actos impuros; tampoco podíes protestar en casa porque entonces no honrabas a tus padres, y llegar fuera de la hora señalada por el jefe ya era la de dios. En fin, que pa no tener pecáos había que tar medio apijotáu. De manera que, cuando éramos unos mocosos de diez o doce años y nos llevaban a confesarnos, echábamos en ello la mañana o la tarde, o el día enteru. Claro, había guajes muy malos que tardaben un verano en confesase y los demás que iben detrás teníen que esperar. Eso sí, con recogimientu porque si no caíate una hostia del maestro, que debía ser el guarda juráo del paisano de la garita. Luego venía la otra cola que consistía en esperar a que el que había ido delante de ti hiciese la penitencia: diez padrenuesuestros, veinte avemarías, cincuenta credos y recitar les primeres estrofes del duelo entre el Tenorio y Luis Mejía (Zorrilla, ¡manda güevos!). Otru verano de espera. Así que cuando terminaba el procedimientu tabes tan cansáu que no tenés ni ganes de jugar al balón. Y tabes arrepentíu. Muncho. No se de qué, pero no te quedaben ganes de volver a pecar. Hasta la semana siguiente, “gun su madre”. 

Ahora, en los tiempos de Duke, les coses son muy distintes. Ya no hay confesionarios, y si los hay úsense pa guardar el calderu y la fregona. Por no haber, ya casi no hay ni curas, así que como quieras confesate tienes que pedir fecha y hora, como en la Seguridá Social, pa que te den un volante y vayas dentro de tres o cuatro meses a decir aquello de “Ave Maripuri”. Y ye que con esto de los recortes ya quitaron hasta los pecáos. “Que se jodan”, ye un deseo de amor y fraternidá; mirar un escote ye obligáo y de lo más normal -entós, ¿pa qué lu ponen? Pa que lu miremos, claro-, y lo que sí ye pecáo ye volver antes de las diez. De la mañana, porque si te ven entrar en casa a las nueve ya piensen que no yes normal. ¡Hay que jodese! 

Pues, eso. Que ahora ya no hay pecáos. Lo que sí hay son faltes y delitos, pero no ye lo mismo porque esos puén recurrise tres o cuatro veces. En cascada. Vete tú, en aquellos tiempos, a recurrir una penitencia. Caíate una hostia como un templo y luego teníes que rezar cincuenta rosarios. Si no queríes taza, taza y media. Por recurrente. 

¿Tengo o no tengo razón? Por eso ahora ya no se peca ná. Ya no se lleva, boba. Tá anticuáo. Ahora lo que tá de moda ye manifestase na calle por lo que sea. Porque nos quiten la paga de Navidá o el vale del carbón, porque tenemos que pagar les medicines (que no se yo pa qué nos ponemos malos -no val la pena-), o porque los neños no puén ir a la escuela porque los maestros tan en otra manifestación. Así que, resumiendo -que ye lo que me manda el editor: “Tú resume”-, que ya no queden confesionarios ni curas, pero sí hay quien reparta hosties. Ahora, en lugar de bonete y sotana, lleven cascu y chaleco. ¡Toma penitencia!

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martes, 24 de julio de 2012

TODO ES POSIBLE EN GRANADA

Esto ye un chaval de Langreo que trabajaba en Baracaldo, y estando con unos compañeros tomando unos chatos en un bar le suena el móvil, descuelga, pone cara de felicidad y, nada más terminada la charla, invita a una ronda a todos los presentes en la taberna. El motivo: “Terminan de comunicarme que mi mujer acaba de dar a luz a un auténticu guaje asturianu”. Todos le felicitan y le preguntan. “La muyer ta bien, el neñu pesó 8 kilos y va a llamase Antón”. Sorprendidos, sobre todo por lo del peso del bebé, lo celebran en sana camaradería. Acto seguido el hombre se viene para acá y luego de pasados unos días vuelve a Vizcaya. Cuando se reune en la misma tasca con sus amigos le preguntan cómo había ido todo y, lo que más les interesaba, cuánto pesaba Antón. “Pues ahora pesa cinco kilos y medio”, contesta. Uno de ellos se atreve a preguntar si se había puesto enfermo. He aquí la respuesta: “Operámoslu de fimosis”. 

Pues resulta que en la ciudad de la Alhambra hace unos días que un andaluz, ya talludito él, dando rienda suelta a sus instintos y fantasías sexuales se le ocurrió introducir su “filtro pecador” en un tubo cilíndrico de metal, sin duda para hacer una “guarrerida zezuá”. Cuál no sería su desagradable sorpresa cuando pudo constatar que no todo lo que entra de alguna manera sale de igual forma. El tubo lo agarró con fuerza por el “pescuezo” y el tío tuvo que acudir a un centro sanitario para que le liberaran de la férrea opresión de sus bajos fondos. Con vergüenza y mucho dolor, tanto como el cachondeo que pasó el personal sanitario que le atendió. Ya saben ustedes que ellos siempre preguntan: “¿Y uzté cómo ze lo hiso?”. El caso es que, de entre todo el instrumental quirúrgico del que se dispone en un quirófano moderno, no había nada apropiado para excarcelar el pito de aquel capullo de su cinturón de castidad, así que llamaron a los bomberos. Los bomberos en un quirófano, ¡manda güevos! Y el glorioso y esforzado cuerpo también carecía de utensilios para el desprepucie. Evidentemente no iban a valerse de una radial. Hasta que uno de ellos se llegó hasta su domicilio a por una minisierra de precisión (o algo así) y con mucho “cuidadín” abrieron el tubo de Pandora de donde surgió una culebra glande a punto del reviente. Le quitaron un gran peso, como el del auténticu guaje asturianu, y cuando se iba le dijeron: “Oye macho, para la próxima utiliza esto”. Y le regalaron una caja de condones como recuerdo.

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