domingo, 18 de enero de 2015

LADA SIN PÁRROCO



La impaciencia de la vecindad



Duke entiende y comparte las inquietudes religiosas de los ladenses. Desde el fallecimiento de Don Luis, a finales del pasado mes de octubre, vienen reivindicando que el arzobispado provea esa plaza que ha quedado vacante, cuando habían observado que la deriva de la falta de su párroco durante cincuenta y un años se estaba convirtiendo en algo con visos de continuidad y no precisamente en una situación de interinidad. Se llegó a anunciar que la parroquia quedaría a cargo del de La Felguera con consecuencias nada deseables como la supresión de algunos oficios o el cambio de la celebración de los funerales, que Don Luis hacía de lunes. Pues precisamente con motivo de la celebración de dos aniversarios, vino a Lada el pasado sábado el obispo auxiliar que, al tiempo que dijo la misa, mantuvo una reunión posterior con gatos y gatas para dar una satisfacción verbal a las legítimas reclamaciones de los preocupados vecinos. Y la explicación fue así de simple. “No tenemos curas”. Y así de contundente. Algo que también entendemos y con lo que ya contábamos, creo que al igual que la mayoría de los ladenses. Si nace un religioso mientras mueren o se retiran tres, y las parroquias siguen siendo las mismas, ¿cómo soluciona el arzobispo este desarreglo? La verdad es que el INEM no provee de personal para este oficio.
Con lo cual Don José Antonio Menéndez sólo vino a Lada a celebrar una misa como cualquier otra y a salir en la foto de La Nueva España. Porque es que ante esa reclamación no ha lugar al recurso, ni siquiera al pataleo y la manifestación. Hay lo que hay. Esto es que “no hay”. Y, como decimos aquí, “ónde no hay non se pué sacar”. Duke ponse malu cuando ve tantos purpurados, curas y demás asimilados en la Plaza de San Pedro de Roma y resulta que en Lada estamos a dos veles, esto es a dos curas (los de La Felguera) que sólo vienen lo justo y obligado pero que no conocen a la feligresía. No pueden tomar un café ni pasear con los vecinos. No están siempre que se les necesite, como pueda ser asistir a un enfermo, dar el último adiós o la bienvenida a quienes se van y a los pocos que llegan, o unir a los que se aman. ¿O estas cosas ya dejaron de ser sacramentos? Duke aporta una idea a Su Santidad, el Papa Paco, Él que es tan campechano y comprensivo: “Deje que las mujeres sean curas”. Ya que parroquia es femenino…

sábado, 17 de enero de 2015

MARTES, 13



Mala, o buen suerte



No somos supersticiosos, ni creemos en esas cosas del mal de ojo, pasar el agua o echar las cartas, entre otras nigromancias, pero la verdad es que, como dicen los gallegos, “habelas haylas” y hay veces que uno tiene su nosequé… Verán, desde el último martes que cayó en el número de la mala pata, según los aficionados a la lotería, y fue el de mayo del año que d.e.p. estoy como un poco mosca con esta coincidencia, fatídica, según algunos. Y es que el pasado 13 del mes de las flores por poco me toca la bonoloto. Acerté dos números y el complementario, pero no cobré nada. Por eso digo que “casi”. Nunca estuve tan cerca. De manera que hoy que le doy a la tecla y se repite la efeméride me levanté con un pálpito muy especial. Seguro que pasa algo, me dije.
Lo primero que pasó fue que no pude tomar el café de la matiné porque tenía cita para ir a los vampiros. Es algo que siempre me saca de quicio. Llegar de los primeros, justo cuando levantan las persianas del Centro de Salud, y ser llamado de los últimos, después de la tediosa espera que supone aguardar a que las doñas y los dones se quieten abrigos, chaquetas y demás adminículos con el único objeto de remangarse la manga y mostrar el brazo. Un verano, y luego un otoño para que la enfermera le encuentre la vena. Que parece que los hay que no las tienen, entre quienes me encuentro. Pues resulta que no. Hoy resultó todo al contrario de como es habitual. Entregué el papel y me dispuse a esperar en uno de los asientos de la última fila cuando, a los pocos segundos, sale la dama de blanco y pronuncia mi nombre. Claramente. Asustado y sorprendido me dirijo hacia la zona del pincheo y descubro mi antebrazo donde no podía verse ni el más mínimo atisbo de una vena. “Tendrán que pincharme en la yugular”, pensaba para mis adentros. Pero volví a equivocarme. La experta y profesional técnico sanitaria (no se por qué les ponen delante eso de “ayudante”, si ellas lo hacen casi todo) me encontró la cañería a la primera. Y salía sangre, oiga. Hasta ella misma se sorprendió porque me dijo que no me moviera. ¡Vaya acojone!
Pues ahora tocará recoger los resultados de este saque. Espero que, aún sin ser supersticioso -cada vez menos-, no me llamen para justo dentro de un mes, porque ya miré el calendario y toca en viernes. Miedo me da.

OLOR A LLUVIA



Bacterias imprescindibles


Para empezar hay que hacer una salvedad. La lluvia no huele a nada. A no ser que lo que llueva sean calamares en su tinta o café en el campo, claro está. Los que saben de esto ya dijeron haz muchos años que el agua ye incolora, inodora e insípida, y nadie lo refutó (que quier decir que nadie demostró otra cosa). Lo que sí güele ye la tierra mojá cuando llueve. ¡Ay amigu, eso ye otra cosa! Y tién un olor muy característicu que se debe a una reacción química del líquido elemento con la tierra que origina una bacteria que se llama “geormina”. Debe de ser una bacteria benigna porque forma parte del compuesto de más de cuatro mil antibióticos. Por eso hablaba el otru día de lo listos que son estos de les farmacéutiques. Pero, por otru lao, la geormina esa ye muy mala pa otres coses, que pa algo ye una bacteria. Por ejemplo, estropea el vino. Por eso vos tengo dicho que toméis vino, pero de lo bueno. Que no tenga agua, que se jode. Y eso dícenlo también los médicos: “Una copina. No un vasín”, a poder ser de reserva de cuando la UCD o el PSOE. Tinto, mejor. Los otros son sospechosos.
Pero, así y todo, pese a la geormina y lo que digan los médicos del buen vino, los hay que huelen la lluvia mucho mejor que si les dan a catar por el olfato un Vega Sicilia. Lo que pasa ye que estos güelen por los ojos, no por la glándula pituitaria. O nunca escuchasteis a esi que, cuando ve tapáu el Picu Villa por les nubes y ta el cielo de panza burra, diz “Va a llover, lo güelo”, y hay veces que sí llueve. Pero otres veces sal el sol y ta pa ir a la playa. “Tú non güeles na, ignorante. Y vas tener que ir al otorrino, al oftalmólogo pa que te mire la vista y, si me apures, también al siquiatra. Que parez que tas majareta con eso del olor”. Esto ye lo que yos pasa a muchos meteorólogos d’esos que salen en la tele y también de los que tan en AEMET, que un día dicen que va llover y no llueve y otru día dicen que va hacer un sol de carayu y cae un chaparrón de la virgen. Así tan de contentos los de la hostelería, sobre to en Asturias. La mayoría de les veces estos expertos sólo acierten cuando ya pasó y dan el parte de inundaciones en Levante o en la Plaza los Chorizos de Sama. Porque ahí sí se puén guiar por la vista y el olfato. Pero el agua no güele, oye. Por mucho que digan los expertos del Ministerio de Medioambiente y los listos del pueblu.


GARABATOS



Las formas de escribir

Estos técnicos que tienen los laboratorios
farmacéuticos dedicados a ponerle el nombre comercial a los medicamentos tienen que ser la bomba. Muy listos, macho. La verdá ye que yo no se qué ye lo que hay que estudiar pa hacer eso, pero debe ser química, farmacia, medicina y hasta ingeniería de telecomunicaciones y filologías variadas. Muches coses. Por ejemplo, el laboratorio haz una pomada de uso cutáneo que se llama “Metilprednisolona aceponato”, llamen al experto en marketing y el tío va y la bautiza como “Adventan” de 1 gramo. ¡Ya hay que saber, tío! El casu ye que el principio activo de la pomada esa, que ye el aceponato, sólo tién un miligramu o, lo que ye lo mismo, la milésima parte del mejunje. El resto son excipientes, parafina, cera y agua. Otra, “Ciprofloxacino” que son unes gotes pa los oídos, lo convierten en Septocipro Ótico. Y como lo anterior tién poco lerele y muchu larala. Lo que cura, si ye que cura, ye de lo que menos hay. Además de la bomba, estos del márqueting farmacéuticu son muy listos, aparte de inteligentes. Como to los de la profesión.
Hoy en día el médicu, después de auscultate y mandate sacar la lengua y decir “A”, te receta lo que proceda para lo que sea y te da una receta que sale de la impresora y lo único que haz ye firmala con un garabatu. No gasta ni mediu segundu. Luego vas a la farmacia y un parato muy modernu con una luz roja lee la receta, o el código de barras esi -que tovía no se cómo ye eso-, date la medecina, pagues y ya ta. Y ahora con eso de la receta electrónica va a ser la pera, porque van calcular si tomes de más, de menos o lo vendes en el mercáo de Sama. Pero, si vos acordáis, haz unos cuantos años, después del ausculte y el exámen médicu, el galeno escribíalo to a mano, de manera que salíes de la consulta con cara pijo, sin saber si te había dáo aspirina o arsénico porque no se entendía na de los garabatos que había escrito. Eso sí, llegabes a la farmacia y el Licenciado (a) leía la receta (no se cómo), iba al cajón, sacaba una caja y ¡hala!, “tómelo cada ocho hores con un vasu de agua”. Y tú seguíes en la misma, con cara de jilipollas. Y tomábeslo, pa eso ibes al médicu. Los farmas entendiénlo tó, como los del laboratorio. Y hoy entiéndenlo mucho mejor porque ya van de frente a la maquinina esa láser que lo lee y lo memoriza. Y de pasu cobra y date la vuelta.



F600



Lo grande de antes

Cuando yo era un rapacín y tovía andaba en pantalones cortos de aquellos por onde asomaben les ñalgues y los calzoncillos de Oceán (esto ye pa ponevos en situación) había una chabola tirando pa La Nisal, poco más arriba de Pelabraga (menuda paradoja), a la que llamaben “La Casa los siete pisos”, en clara alusión a su tamaño. Desde Lada, a menudo subía a ver a mis abuelas y siempre reparaba en aquella caseta donde, según la vecindad, vivía toda una familia, algo que yo no acababa de entender que fuera posible, aunque lo cierto es que muchas veces vi entrar y salir de ella a niños de mi edad y cada vez estaba más convencido de que allí sí vivía alguien. En sus alrededores siempre había cosas apiladas sin orden, y cada día eran distintas. De aquélla era muy raro ver vehículos a motor por la incipiente carretera, sólo alguna moto y bicicletas que eran el medio de viajar al trabajo que tenían escasos vecinos. El resto en el coche de San Fernando. Para el suministro se valían de mulas y burros que acarreaban las compras del mercado de los lunes en Sama. Aquella chabola permaneció allí durante algunos años hasta que quedó deshabitada y se calló.
Por entonces, aquella empinada cuesta empezó a verse transitada por los primeros coches. Gordini, Cuatro Cuatro y, sobre todo, Seat 600, el Ferrari de los años sesenta, y al igual que con la Casa de los siete pisos mi mente infantil no alcanzaba a comprender cómo era posible que en aquel pequeño cubículo pudieran entrar cinco personas o más. Hasta que empezamos a ir a la playa los domingos y a cargarlo de papás, mamás, abuelos, guajes y cestas con comida, con toallas y bañadores, sombrillas y la biblia en verso. Era igual que las chisteras de los magos donde cabía de todo. Además gastaba lo que un mechero, era fiable, aerodinámico y veloz. No en vano sólo tardaba en llegar a Gijón hora y media o dos, por la carretera Carbonera, con la obligada parada en Bendición, que parecía ser la única gasolinera de Asturias. Eso creía yo, al menos.
Aquella fue la célebre Fórmula 600 de las décadas de los sesenta y setenta que llegó casi hasta nuestros días dejándonos reliquias que aún se ven por las carreteras y atesoran algunos coleccionistas. Sin embargo quedan aún familias que sólo tienen para guarecerse corralas como aquella que a mí me sorprendía tanto en mi niñez.