miércoles, 3 de mayo de 2017

HABÍA UNA VEZ

De octubre de 2013.



Dicen que es el submarino más avanzado de la historia, lo definitivo, lo último en tecnología. Pero no emerge, oiga. Que non flota, vamos. Ye un sumarino auténticu. Al S-80 le faltan siete metros de eslora, le sobran toneladas de peso o es que los ingenieros esos que lo diseñaron no se dieron cuenta que de vez en cuando tiene que salir a superficie y echar anclas en algún puerto para que sus submarineros puedan tomar una birra e irse de mujeres de mala vida, como siempre ocurrió cuando se habla de marinería. El caso es que, como es habitual en este país, para que el diseño y la posterior fabricación del parato llegue a buen puerto (ye una broma licenciosa) hacen falta doscientos millones de mortadelos, o más. Sobre un presupuesto ya consumido de más de muchoscientosmil millones. O sea que después de sacar a flote a la banca ahora hay que poner más viruta pa reflotar al submarino. ¡Si Peral levantara la cabeza!
No se si recuerdan aquella canción de nuestra infancia que hablaba de un “barquito que no sabía o no podía navegar, pero pasadas un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas, aquel barquito navegó. Y si esta historia os parece corta volveremos a empezar”. Pues es lo mismo que hacemos aquí, volver a empezar, como Garci en Gijón. Eso sí, poniendo perres, quitando pesu o añadiendo más barcu, lo que llevaría más viruta sin garantía de qu’el barcu emerja y, ni siquiera, de que suba el periscopio. Que esa ye otra. Porque si non pués ver al enemigu pa lanzar el torpedo -“fuego el uno”-, ¿pa qué quiés un sumarino? ¿No vale más tener un cayuco y tirar petardos y restallones? Pues eso.
Y fíjate que en esti país somos de tradición marinera. Mira tú si, cuando lo de Colón, después de ser aprobáu el presupuesto por Isabel, que encamentó a Fernando con males artes (y no de pesca), hacen los barcos pa descubrir les Indies y resulta que les carabeles, ya heches y en el puerto de Palos, bótenles y húndense. Que non floten ni con manguitos. Ármase la de dios. ¡Menudu descubridor de América, que no sabe ni facer una triste carabela. Con lo fácil que ye! Pues esto ye lo mismo que yos pasa a estos listos de A Coruña y Cartagena, que tan gastando un pastón, y más, en un submarino que no flota. Y debe ser porque éstos son ingenieros de profundidades, aunque no tengan conocimientos muy profundos en la materia. Ye lo que están demostrando.


Marcelino M. González


ESTOY EN EL RECON

De octubre de 2013.



Veintiocho años llevo sin perderme ni una sola ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Evidentemente por la tele. Aunque lo cierto es que me gustaría presenciar en directo ese magnífico acontecimiento que hace que nuestra tierra sea conocida a lo largo y ancho del orbe. Aún hay algunos que no conocen a Duke y de esta forma aprovecharía para presentarlo en sociedad. Me fascina ese protocolo. Salida del hotel, llegada al Campoamor, poses para la foto, saludas a las autoridades, acto de entrega en sí, himno de Asturias y hasta el año que viene. Todo cronometrado al segundo y con puntualidad británica. Con esto de los premios me ocurre lo mismo que con el Festival de Eurovisión, siempre lo veo. La verdad es que me da igual quien cante por Spain y si las canciones merecen o no la pena, que casi nunca la merecen. Pero lo de las votaciones me chifla, eso de yunaitekindon chú points, ruayón uní dé puá, me pone. Al final siempre ocurre lo mismo, es decir Spain saca quince o dieciséis puntos entre los que recauda de Andorra, Portugal y algún deudo más, y queda entre las últimas, pero es igual, me encanta el Festival, aunque no estoy muy de acuerdo con nuestros jurados que siempre dan la máxima puntuación a uno de esos países bálticos o balcánicos que siempre ganan. No, si a listos hay pocos que nos ganen, y a gilipollas menos aún.

Pero de lo que he venido a hablarles hoy es de nuestros Premios, de su grandeza, del funcionamiento perfecto del protocolo, de las sonrisas de S.M. la Reina y las complicidades de S.A.R. los Príncipes. De la cara de aburrimiento de Areces, Trevín, Gabino y compañía, los pigazos de Fraga y la adustez de Garrigues Walter. Del encanto y belleza de Ysinbayeba y nuestra María Neira, y del señorío de Margaret Chan o Norman Foster. En fin, todo lo que rodea a este acto es de un interés y una plasticidad total. Pero de todo ello, lo que más me interesa son los resúmenes que nos dan las cadenas de televisión en las noticias de las nueve, cuando ya hace más de una hora que el acto ha terminado y la gente está haciendo lo que más le gusta que es comer, beber y, sobre todo, salir en la tele. Y a eso quería referirme. Como ustedes saben casi todas las cadenas emiten sus telediarios desde el ágape que da la Fundación en el patio del antiguo Hospicio. Pues bien, ¿se han fijado que delante de las cámaras y detrás de los presentadores siempre pululan un sinfín de invitados que hablan por su móvil con no se quién? Dirán ustedes, ya está Duke otra vez con el móvil a cuestas. Pues sí, hablan o hacen que hablan porque con el barullu que hay allí poco oirán a sus presuntos interlocutores. Vean la conversación de una dama langreana :

  • Puri. Hola, soy Mari, ¿qué tal?, ¿estás viendo la tele?. Pon la TPA ( ). ¿Vesme?. Espera, voy correme un poco a la izquierda. ¿Vesme ahora?, toy saludándote con la mano. Vale, no me muevo. Estoy en el Recon. Sí boba, ye que el jefe de Pepe dio-y dos invitaciones y pa no quedar mal con él vinimos, ya sabes, por compromisu. ¿El traje? No, ye el que llevé a la comunión de la neña. Si ves a los Príncipes… Ella ye toa tacones y un poco ruina, pero él ye altu y saláu…¿Qué si los ví de cerca?. No, vilos en un monitor que pusieron por aquí (imagínense la cara de Puri). Al que sí ví ye a Luis del Olmo, no creía que era tan antipáticu, fía. Dije-y que lu escuchaba to les mañanes desde haz un añu, diome les gracies y ni miró pa mí. Pues ahora cámbiome pa Federico, por presumíu. Na, del resto de los invitaos no conozco a casi nadie, pero ye to pijerío. Elles toes peripuestes dando besos o tol mundo, como si los conocieran de to la vida, y ellos paquí y pallá de una tertulia a otra. No vuelvo más. Oye, cambia pa la primera que voy pallá. Ta lueguín.

Les confieso que ese día me fijo más en las Maris y en los Pepes del móvil que en las noticias que nos dan los presentadores. Son todo un espectáculo.

Marcelino M. González

DISTRAER A LA TROPA

De octubre de 2013.

Yo tovía no termino de entender esto que dicen los expertos que ye pa aprovechar más les hores de luz y que con esti invento ahórrase mucha energía. Lo de atrasar una hora del reló en octubre y adelantala en marzo no ye pa ahorrar ná, ye sólo pa tocanos los relojes. Hasta los que tan colgando. Y Duke, no sin razón, dizme que cómo no hacen lo mismo con los días. En octubre retrasen el lunes, o sea que ye domingo; y en marzo adelanten el viernes, pa ser sábado. Porque si se repiten o suprimen les hores, ¿por qué no se va a hacer lo mismo con los días? Si en octubre son dos veces las tres y en marzo no hay na después de las dos hasta las cuatro, hay que hacer lo mismo con los días. Y con los meses. En junio que sea julio y en setiembre que sea agosto. Así también se ahorra energía. Una hora menos en Canarias, un día menos, en un mes menos. Lo del añu tamos estudiándolo porque ye un poco más complicáo.
Y ye que esto de los inventos que inventen los que nos manden aquí, en Europa y en tol mundo ye la virgen. Resulta que ahora los socialistas van a proponer, o eso leí aquí, que no se tome posesión de un cargo jurando o prometiendo ante la Cruz, la Biblia o la Constitución. Diz el refrán que cuando el burro non sabe qué hacer, con el rabu espanta les mosques. Pues lo d’estos ye peor. Cuando no tienen otra cosa, que mira tú si les hay, dedíquense a inventar pa distraer a la peña en disquisiciones filosófiques acerca del modo, la forma y manera protocolaria de hacese cargu de un puestu pa hacer algo muy importante, que casi siempre ye echar una firma, y después hacer lo que yos sal de los juramentos. Ye lo que-í llamen una vuelta al laicismo, ¿oiste? Lo que no se yo ye si propondrán una forma laica pa tomar posesión, como “to pa mí” o “si me cogen -que ya veremos- que me embarguen” (a ver ónde lo encuentren), o aquella otra de “el que venga detrás que arrée”.
Pues esto ye igual que el retrasu de los relojes que hicimos en la madrugada de sábado a domingo, un invento de los políticos que se pasen el día y la noche exprimiendo les neurones pa ver cómo justifiquen eso de tar ahí y cobrar mucha viruta y si pué ser en “B” mejor. Y no lo digo por el Bárcenas, que va. Va por la mayoría de una minoría que tan sólo ahí pa figurar, salir en la tele diciendo pijáes, y meter mortadelos en la saca. Lo mejor lo de Canarias, que no madruguen tanto.

Marcelino M. González


DINAMITEROS

De agosto de 2013.

Hubo un tiempo en este concejo, y en casi todos, en el que los chicos pasaban sus ratos de ocio haciendo diabluras. No tenían consolas, ni internet y muchos ni siquiera televisión. Entonces jugaban en la calle a lo que fuera. Juegos ancestrales, los de sus mayores o algunos inventados. En mis tiempos, cuando las películas de indios y vaqueros, jugábamos en la calle o en los bosques a policías y ladrones o a eso, a sioux y yankis. Pero a mis catorce o quince años supe de algunos de la tropa que se iban al río a cazar. Como lo oyen. No iban a pescar, no. Provistos de una o más botellas de lejía se situaban en recónditos lugares del río, la vertían y todo consistía en esperar un rato y coger las truchas que salían a flote envenenadas con el cloro. Bien sabían que lo que hacían no estaba bien y que corrían sus riesgos, pero la aventura también estaba ahí, en el riesgo. Si las comían después o las tiraban a la basura lo desconozco.
Más recientemente supe de un grupo de chavales, ya en edad militar, que eran verdaderos terroristas en estos menesteres. No usaban lejía ni nada tóxico para la especie, sino algo más seguro. Barrenos de dinamita. Vean: Eran cuatro que decidieron ir a “pescar” más allá de Tarna, en la provincia de León. Cerca de Riaño encontraron un remanso en el río y, ya entendidos en la materia, creyeron oportuno echar allí sus redes. Dos petardazos, uno tras otro, y las truchas volaron por los aires. Para que después diga alguno que los peces voladores no existen. ¡Vaya que sí! Lo malo es que luego no pudieron recoger la pescata porque todas las truchas habían quedado prendidas en un par de castaños de la vera del río. Había más peces en las ramas que castañas en su tiempo. Ahora, ¿les tocaría ir a la gueta?... Ni tuvieron tiempo a pensarlo. Inmediatamente aparecieron cuatro Guardias Civiles que los trincaron con las manos en el cartucho. Habían ido a la parte trasera de un puesto de la menetérica. ¡Hay que joderse! Cuatro garrotazos, dos hostias o media docena, declaración y p’al Cuartón. Allí estuvieron dos días acojonados hasta que tocaba declarar ante la autoridad judicial. Y las truchas en la castañal. Declararon ante el juez aquello de “yo no fui”, “yo no sabía que esto era pecáo”… y cosas por el estilo. Tiempo después, cuando ya estaban citados a juicio, murió Franco, el Rey tomó posesión y hubo un indulto general. Se libraron de la quema, y uno de ellos, comunista confeso, reconoció el favor que le habían hecho aquellos de la oprobiosa.


DICES TÚ DE MILI

De agosto de 2009.

Allí estaba yo, solo en la fría madrugada madrileña, en algún lugar de la M-30, sin saber qué hacer, porque nada había previsto. Vestido de bonito, con mi petate y mis dudas. Mis estremecedoras dudas. Un autocar, rebosante de soldaditos como yo, me había depositado allí para continuar su viaje a Valencia. Solo veo asfalto, un puente y algunos árboles. Permanezco quieto durante un buen rato, quince o veinte minutos, pensando qué hacer para llegar a una boca de Metro. Pasa un taxi y decido pararlo. “Por favor puede llevarme hasta la estación de metro más próxima”. El del coche me mira estupefacto como pensando ¿de dónde habrá salido este paleto? Y, sin articular palabra, señala con un dedo entre los árboles. Me doy cuenta en ese instante que a no más de cincuenta metros, justo tras la foresta, hay una indicación “M”. De todas formas el hombre me hace señas para que suba al coche y me lleva hasta ella. “Suerte chaval”. Parco en palabras que era él, lo que es raro en los de su profesión. Sin cobrar la corta carrera, se fue entre la bruma matutina.
Así comenzaban las aventuras y desventuras militares de quien les aburre desde esta página. En el Madrid de los Austrias y de Adolfo Suarez, con una democracia y una constitución recién estrenadas, un título en derecho aún no documentado, una novia aquí, y todas las ilusiones del mundo congeladas en un arcón hasta que esa maldita obligación para con la patria se acabase. La fortuna o mi condición universitaria, no sé, me hizo recalar en las oficinas de un batallón de tanques en el mayor cuartel de la capital para perder un año entero escribiendo oficios de estrella a estrellas y de éstas a sables. Allí estaba yo con una olivetti cuasiportátil sin otra ocupación más que ir con papeles del teniente al capitán, de éste al comandante y, tres o cuatro veces diarias, rendir cuentas al teniente coronel que era, a la postre, el baranda del castillo. Justo al lado de mi oficina estaba el bar de oficiales, con más predicamento que Casa Olivo en sus buenos tiempos, donde entraban todas las estrellas del firmamento. De alférez a coronel, allí paraban todos tres o cuatro veces al día, y allí hablaban de lo suyo, de la guerra, de sus guerras…, sin temor a que dos ignorantes camareros de la Mancha sospechasen la futurible realidad de sus conversaciones conspiratorias, sin miedo a que un escribiente letrado de Asturias se tomase en serio sus juegos de guerra. Hacía poco que habían llegado de la célebre Marcha Verde, sin haber podido escabechar a ningún moro. Ese año estuve en Chinchilla y San Gregorio con mi olivetti a cuestas, y allí conocí a dos caballeros de los ejércitos de Su Majestad, los Generales Juste y Quintana Lacaci, piezas clave en el aborto del golpe del 23-F, y éste último vilmente asesinado por los hijosdeputa en 1984. Eran el jefe de la Brunete y el Capitán General de Madrid, respectivamente.
Los que conspiraban en el bar, en mi bar, eran otros que, por lo que se ve, no tuvieron los güevos de secundar el golpe de Tejero, Millans y Armada, pero que unos meses más tarde de su fracaso, sí fueron tan imbéciles como para firmar el conocido como “Manifiesto de los 100”, que apoyaba lo que ya estaba en la negra historia de España. ¡Hay que ser gilipollas!. El general Quintana arrestó a todos y les mandó a tomar por saco. Duke conoció a muchos de ellos y, ahora, visto desde lejos se nos erizan los vellos al pensar que podíamos haber sido testigo directo de una involución histórica. ¿Nunca lo han pensado? Tenía ganas de contarlo…, quizás algún día les diga algo más.

Marcelino M. González