Los piropos
Hacía tiempo que pensaba plasmar en estas páginas una breve
historia que me ocurrió hace muy poco tiempo de la que sólo fuí
espectador privilegiado, cuando, sorprendido, leo el pasado lunes,
día 3, la columna que “Desde la Meseta” publicó Luis Alonso
Vega, titulada “El Piropo” y, de acuerdo con todas sus
observaciones, hoy me decido a contarla, no sin antes abundar algo
mas en el tema..
La palabra deriva del latín “pyropus”, que, a su vez viene del
griego (intrascriptible), y de su significado literal deriva su
sentido coloquial como lisonja, requiebro o frase ingeniosa que se
dirige a una persona, generalmente a una mujer, para adularla. Todos,
desde siempre, hemos oido y estamos habituados a ellos y, sin
excepción, todas habrán sido objeto de alguno. Abramos un pequeño
catálogo:
Etéreos: “Qué distraidos están en el cielo que los ángeles
se escapan” o “¿Qué hace una estrella volando tan bajito?”.
De la construcción: “Bendita sea la madre que parió al obrero
que allanó el pavimento por donde pasas, Monumento” o
“Preciosa, ¡con esa mirada tan dulce me dan ganas de chuparte
un ojo!”. Zafios: “Si se juntan los mares y los ríos,
¿por qué no juntar tus genitales con los míos?” o “Quisiera
ser baldosa y cuando pases mirar tu linda cosa”. Picantes:
“Quien fuera noche para caerte encima”. De un periodista:
“Me gustaría hacerte un reportaje para penetrar en tu
intimidad”. De oftalmólogo: “Quien fuera bizco para verte
dos veces”. Original: “Si yo fuera tú vendría corriendo
a buscarme”. A una gorda: “Si tus piernas son las vías,
¿cómo estará la estación?”. Poético: “Si amarte fuera
pecado, tendría el infierno asegurado”. Y hasta para nosotros:
“Bonitos pantalones, quedarían muy bien en el suelo de mi
dormitorio”.
En una tertulia de café, una chica de muy buen ver mostraba a los
presentes fotografías de sus vacaciones en la playa, cuando uno de
los tertulianos, al verla en bikini, exclamó: “Si yo tuviera
veinte años menos, un par de botelles de vino y una viagra, ives a
cagáte en tu puta madre”. La chica no tuvo mas remedio que
reírse. La gracia siempre puede apoderar a la grosería. Y, con
esto, voy a la historia que les anunciaba al principio:
Mediodía. Una célebre cafetería de Oviedo atestada en horas de
vermouth. Tres compañeros de trabajo (dos chicos y una chica)
charlan en la barra, mientras, en una mesa cercana, un hombre de
avanzada edad está ocupado en leer periódicos. Tiene varios, de
aquí, nacionales y, cuanto menos, el Whasington Post. Viste
elegante, pañuelo, gemelos y hay un sombrero encima de la silla. De
vez en cuando alza la vista por encima de sus gafas y, con suma
atención, observa a nuestra compañera. Los tres nos damos cuenta de
las miradas del anciano y lo miramos, a su vez, pero no hacemos
comentario alguno. Pasa un buen rato de intercambio de miradas y el
hombre se levanta, recoje su gabardina, su sobrero y los diarios y se
encamina hacia donde estamos:
Asentimos.
- Señorita llevo observándola desde que entró. ¿Su padre
es escultor?
Ella, sorprendida, niega con la cabeza.
- Perdone pero su padre tuvo que ser artista para haber hecho
una cosa tan linda. Discúlpenme de nuevo, ¡Buenos días!
Y llevando los dedos a la punta del sombrero, en señal de cortesía,
se fue erguido como una vela. Y los tres nos quedamos mudos y ella,
además, colorada como una cereza.
Cierto es que la chica es un bellezón, a parte de distinguida. Una
beldad de las que llaman la atención. El hombre, muy perspicaz,
había visto nuestras miradas y, sobre todo, las de ella y, con buen
criterio había pensado que los tres comentaríamos su desfachatez,
tildándole de “viejo verde”, y sin pensárselo dos veces nos
dejó aquella joya y quedó como un verdadero caballero.
Duke debería de aprender para merecerse su nombre. Y todos
deberíamos saber diferenciar entre un simple piropo y una galantería
como aquélla.